14 February 2013

10 historias, 10 cartas de amor.


10 historias, 10 cartas de amor.




1. Carta de Yoko Ono a John Lennon



extraño John. 27 años han pasado, y todavía deseo poder regresar el tiempo hasta aquel verano de 1980. Recuerdo todo -compartiendo nuestro matutino, caminando juntos en el parque en un hermoso , y ver tu mano tomando la mía- que me aseguraba que no debía preocuparme de nada porque nuestra vida era buena. No tenía idea de que la vida estaba a punto de enseñarme la lección más dura de todas. Aprendí el intenso dolor de perder un amado de repente, sin previo aviso, y sin tener el tiempo para un último abrazo y la oportunidad de decir "Te Amo" por ultima vez. El dolor y la conmoción de perderte tan de repente esta conmigo cada momento de cada día. Cuando toque el lado de John en nuestra cama la noche del 8 de diciembre de 1980, me di cuenta que seguía tibio. Ese momento ha quedado conmigo en los últimos 27 años -y seguirá conmigo por siempre.

Esta carta se la escribió a Lennon 27 años después de su muerte.




2. Carta de Frida Kahlo a Diego




Diego:

Nada comparable a tus manos ni nada igual al oro-verde de tus ojos.
Mi cuerpo se llena de ti por días y días.
Eres el espejo de la noche. La luz violeta del relámpago. La humedad de la tierra.
El hueco de tus axilas es mi refugio.
Toda mi alegría es sentir brotar la vida de tu fuente-flor que la mía guarda para llenar todos los caminos de mis nervios que son los tuyos.
Mi Diego:
Espejo de la noche.
Tus ojos espadas verdes dentro de mi carne, ondas entre nuestras manos.
Todo tú en el espacio lleno de sonidos - En la sombra y en la luz. Tú te llamarás Auxocromo el que capta el color. Yo Cromoforo - La que da el color.
Tú eres todas las combinaciones de números. La vida.
Mi deseo es entender la línea la forma el movimiento. Tú llenas y yo recibo. Tu palabra recorre todo el espacio y llega a mis células que son mis astros y va a las tuyas que son mi luz.




3. Carta de Pablo Neruda a Albertina Rosa



Pequeña, ayer debes haber recibido un periódico, y en él un poema de la ausente (tú eres la ausente). ¿Te gustó, pequeña? ¿Te convences de que te recuerdo? En cambio tú. En diez días, una carta. Yo, tendido en el pasto húmedo, en las tardes, pienso en tu boina gris, en tus ojos que amo, en ti. Salgo a las cinco, a vagar por las solas, por los campos vecinos. Sólo un amigo me acompaña, a veces.
He peleado con las numerosas novias que antes tenía, así es que estoy solo como nunca, y estaría como nunca feliz, si tu estuvieras conmigo. El 8 planté en el patio de mi casa un árbol, un aromo. Además traje de las quintas, pensando en ti, un narciso blanco, magnífico. Aquí, en las noches, se desata un viento terrible. Vivo solo, en los altos, y a veces me levanto, a cerrar la ventana, a hacer callar a los perros. A esa hora estarás dormida (como en el tren) y abro una ventana para que el viento te traiga hasta aquí, sin despertarte, como yo te traía.
Además elevaré mañana, en tu honor, un volantín de cuatro colores, y lo dejaré irse al cielo de Lota Alto. Recibirás, querida, un largo mensaje, una de estas noches, a la hora en que la Cruz del sur pasa por mi ventana (...) A veces, hoy, me da una angustia de que no estés conmigo. De que no puedas estar conmigo, siempre.

Largos besos de tu Pablo.



4. Carta de Albert Einstein a Mileva Maric



Amada muñequita:

Han transcurrido ya las 3/4 partes del tiempo tonto y pronto volveré a estar con mi tesoro y lo besaré, acariciaré, haré cafetito, reñiré, trabajaré, reiré, pasearé, charlaré...+ infinit!
¡Será un año muy divertido! ¿verdad?
Ya he dicho durante las Navidades que me quedo contigo. No puedo esperar más a tenerte conmigo, mi todo, mi personilla, mi chiquilla, mi mocosilla.
Cuando ahora pienso en ti creo que no quiero volver a enojarte ni a tomarte el pelo nunca más, ¡sino que quiero ser siempre un ángel! ¡Qué hermosa ilusión!
Pero tú también me querrás ¿verdad?, aunque vuelva a ser el viejo bribón lleno de caprichos, diabluras y tan veleidoso como siempre.
No sé si te he escrito con tanta regularidad como antes. No pongas mala cara por eso.
(...) En todo el mundo podría encontrar otra mejor que tú, ahora es cuando lo veo claro, cuando conozco a otra gente. Pero también te aprecio y amo como te mereces. Hasta mi trabajo me parece inútil e innecesario si no pienso que también tú te alegras de lo que soy y de lo que hago.





5. Carta de Víctor Hugo a Juliette




Te amo, mi pobre angelito, bien lo sabes, y sin embargo quieres que te lo escriba. Tienes razón. Hay que amarse y luego hay que decírselo, y luego hay que escribírselo, y luego hay que besarse en los labios, en los ojos, en todas partes. Tú eres mi adorada Juliette.
Cuando estoy triste pienso en ti, como en invierno se piensa en el sol, y cuando estoy alegre pienso en ti, como a pleno sol se piensa en la sombra. Bien puedes ver, Juliette, que te quiero con toda mi alma.
Tenéis el aire juvenil de un niño, y el aire sabio de una madre, y así yo os envuelvo con todos estos amores a un tiempo.

Besadme, bella Juju!

7 de marzo de 1833



6. Carta de Napoleón a Josefina



No le amo, en absoluto; por el contrario, le detesto, usted es una sin importancia, desgarbada, tonta Cenicienta. Usted nunca me escribe; usted no ama a su propio marido; usted sabe qué placeres sus las letras le dan, pero ¡aún así usted no le ha escrito seis líneas, informales, a las corridas! ¿Qué usted hace todo el dia, señora? ¿Cuál es el asunto tan importante que no le deja tiempo para escribir a su amante devoto? ¿Qué afecto sofoca y pone a un lado el amor, el amor tierno y constante amor que usted le prometió? ¿De qué clase maravillosa puede ser, que nuevo amante reina sobre sus días, y evita darle cualquier atención a su marido? ¡Josephine, tenga cuidado! Una placentera noche, las puertas se abrirán de par en par y allí estaré. De hecho, estoy muy preocupado, mi amor, por no recibir ninguna noticia de usted; escríbame rápidamente sus páginas, páginas llenas de cosas agradables que llenarán mi corazón de las sensaciones más placenteras. Espero dentro de poco tiempo estrujarla entre mis brazos y cubrirla con un millón de besos debajo del ecuador



7. Carta de Sigmund Freud a Martha Bernays




Novia mía:

Escribes unas cartas tan inefablemente dulces, tan conmovedoramente tiernas, que sólo podría contestarlas como se merecen, con un beso prolongado y abrazándote amorosamente. (...) Martha, no apetezco sino lo que tú ambicionas para ambos porque me doy cuenta de la insignificancia de otros deseos comparados con el hecho de que seas mía. Estoy adormilado y muy triste al pensar que tengo que conformarme con escribirte en vez de besar tus dulces labios.

Devotamente tuyo,

Sigmund

1893



8. Carta de Juliette a Víctor Hugo



Mi querido, amado, he aquí esta carta, muy corta por la forma y muy larga de fondo, pues contiene todos mis sentimientos, todo mi corazón. Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, y eso es todo. No es muy cansado para el espíritu y es muy dulce para el corazón – te quiero.
Mi adorado, me has hecho muy feliz, a veces doblemente feliz, pues compartías mi felicidad. No obstante, tengo un sentimiento de tristeza y de inquietud que no me deja casi nunca, que quisiera ocultártelo siempre, pero esta noche desborda mi pecho, es necesario que te lo muestre. Tengo miedo de ser para siempre una pobre chica. Tengo miedo de que esta inacción en la que vivo desde hace un año, acabe en mi ruina ya iniciada por el fracaso de Marie Tudor. Tengo miedo de que tu aparente tranquilidad en lo que concierne a mi carrera dramática no sea considerada como la más formal confesión que no puedo aspirar a un futuro en mi oficio.
Tu posición y la mía vuelven estos temores en verdaderos tormentos que me obsesiona noche y día, que cambian la naturaleza de mi carácter, que destruyen mi coraje y me quitan toda confianza en la duración de nuestra felicidad. Quisiera estar segura que mis temores son solamente meros temores, y entonces retomaría mi alegría y mi resignación con las dos manos. Pero... ¿quién va decirme la verdad sobre el tema? ¿Tu te atreverás? Te ruego de rodillas. Dime la verdad, nada más que la verdad cualquiera que sea, que sepa al menos dónde estoy en lo que toca mi futuro, que sepa de manera segura lo que piensas de mí. Te pido tu opinión en toda consciencia, te la pido con las manos juntas. Prefiero la certidumbre de mi ruina que la duda. Así pues, no te andes con contemplaciones.
He aquí una carta muy corta por la forma, decía al empezar, porque mi intención era terminarla en te quiero. Pero fui arrastrada por la necesidad de abrirte mi corazón, por dejar escaparse mi aflicción y el desaliento que me devoran desde hace tiempo. Perdona mi flaqueza. Hubiera debido esperar a que ya no estés tan ocupado, pero no lo pude. Perdóname por el amor que tengo por tí.

El temor es también parte del amor más apasionado y más delicado. Es cierto.

Juliette.

Noviembre de 1834



9. Carta de Winston Churchill a su esposa



Mi querida Clemmie:

En tu carta desde Madras me escribiste algunas palabras muy queridas por mí, sobre cuánto enriquecía tu vida. No puedo expresarte qué placer me dio esto, porque me siento siempre de forma aplastante tu deudor, si puede haber cuentas en el amor.... Lo que ha sido para mí vivir todos estos años en tu corazón y compañerismo ninguna frase puede transmitirlo. El tiempo pasa velozmente pero, ¿no da felicidad ver cuán grande y creciente es el tesoro que hemos recolectado juntos, en medio de las tormentas y de las tensiones de tan agitados y en cantidad trágicos y terribles años?

Tu amante esposo.

Enero 23, 1935



10. Carta de Voltaire a Olimpia Dunover



Estoy preso aquí en el nombre del rey; pueden tomar mi vida, pero no el amor que siento por ti. Sí, mi amante adorable, te veré esta noche, así tenga que poner mi cabeza en un atascadero para hacerlo. Por todos los cielos, no me escribas en los términos desastrosos que lo hiciste; debes de vivir y ser cautelosa; guárdate de tu madre como de tu peor enemigo. ¿Qué digo? Guárdate de todos, no confíes en nadie, mantente lista, tan pronto como la luna sea visible, saldré del de incógnito, tomaré un carruaje o una silla, y conduciremos como el viento a Sheveningen. Llevaré el papel y la tinta conmigo; escribiremos nuestras cartas. Si me amas, tranquilízate, y llama toda tu fortaleza y presencia de la mente en tu ayuda, no dejes que tu madre note nada, intenta tener tus cuadros, y estés segura de que la amenaza de las torturas más grandes no me impedirá cumplir. No, nada tiene la energía de apartarme de ti, nuestro amor se basa en la virtud, y durará mientras nuestras vidas lo hagan. Adieu, no hay nada que no afronte por tu bien, mereces mucho más que eso, ¡Adieu, mi corazón querido!

19 January 2013

Rubén Darío, el cronista lúcido y actual

Rubén Darío, el cronista lúcido y actual

El cantor de las musas, el cisne de los versos y el testigo omnisciente del coloquio de los centauros, Rubén Darío, padre del movimiento literario modernista, está siendo celebrado una vez más con jornadas en su nombre para conmemorar el 146 aniversario de su nacimiento, en Metapa, hoy Ciudad Darío, el 18 de enero de 1867.
Conocido como poeta que buscó perfección de la forma, musicalidad verbal y goce estético, ha sido blanco de críticas por considerarlo hacedor de “una poesía de evasión repudiable”, como decía Marinelli; sin embargo, las dos terceras partes de su obra, constituidas por crónicas periodísticas, no muestran a un poeta que levitaba, sino a un hombre lejos del absentismo y conocedor de la realidad del mundo en sus diversas latitudes.
Aunque muchos de sus cuentos dan fe de un escritor que interpreta la realidad y denuncia los grandes males sociales, son sus crónicas las que muestran a un Darío que no se encerró en el peso del existencialismo sino que vivió el dolor de la humanidad, señaló las injusticias y se alzó contra la guerra y el anarquismo.
Su romance con las publicaciones periódicas llegó desde temprana edad, sin embargo, su esplendor vino luego de ser nombrado corresponsal del diario argentino La Nación, en España.
“La Nación era el más grande periódico de Sudamérica, pertenecía a los Mitres, miembros de la oligarquía progresista. Argentina era una potencia económica que Darío concebía como una cosmópolis que podría enfrentar a Estados Unidos. “Ahí él encontró la oportunidad de obtener ingresos que le permitieran el sustento”, señaló el doctor Jorge Eduardo Arellano.
Darío cruzó 12 veces el Atlántico, por lo que Arellano señala que sus crónicas son transatlánticas con temática mayoritariamente europea, y lo sitúa como testigo e intérprete lúcido de su tiempo.
Al ser nombrado corresponsal del diario, Darío pasó a ser para América lo que los cronistas de Indias fueron para Europa: en un mundo sin aviones, sin Internet ni telefonía celular aceptó el reto de convertirse en los ojos de los latinoamericanos que hurgaron en las entrañas de una España recién derrotada, despojada de sus últimas colonias, vista por él como “amputada, valiente y vencida”.
También fue el retratista con su pluma de un París que era su anhelo como Ciudad Luz, como la cumbre de aquella Exposición de arte de fin de siglo que aunque lo deslumbró no pudo evitar que dibujara también las escenas parisinas de vicios, de miseria, “el hoyo oscuro de donde salen tanto clamor y olor de muerte”. 

Cronista de América para América

Pese a ser el cronista de Europa para América y de que haya recogido esas piezas periodísticas impregnadas de alto valor literario en “las grandes sábanas que eran las páginas de La Nación y que eran esperadas por un público selecto que anhelaba conocer de buena mano y de exquisita pluma los pormenores europeos”, según señaló Arellano, Darío demostró ser un cronista también comprometido con la realidad latinoamericana, más aún centroamericana y nicaragüense.
“A pesar de su cosmopolitismo, este cronista abordó todos los temas que estaban latentes en los ámbitos políticos, económicos y sociales, advirtiéndose el discurso latinoamericanista y el rechazo a todo imperio”, prosiguió.

Para Arellano, las de Darío fueron crónicas “de ideas, de literatura, de pensamiento” dentro de las que su oposición a la anarquía tuvo un lugar preponderante, sin olvidar el tema político; además, también presentó a América su propia realidad.
En el volumen La República de Panamá y otras crónicas desconocidas, compiladas por Arellano, nos encontramos al Darío hispanista, conocedor hasta la saciedad del “pulso dramático” de sus tierras y muestra a los lectores de La Nación, cómo no solo las princesas y emperatrices de la China cabían en su obra, pues políticos y presidentes de diversos países latinoamericanos fueron objeto de su pluma.

Idealista de la Unión Centroamericana, abogaba “por hacer de aquellas cinco naciones diminutas y desconocidas, una sola, que sería vista con menos indiferencia que ahora por el mundo entero”; sin embargo, no se quedaba en el ideal sino que exponía los factores que imposibilitaban alcanzar esta meta y con propiedad daba cuenta de todo el proceso que se había suscitado en pro de la unión.
Cada crónica es la materialización de investigaciones históricas, sociológicas, demográficas y políticas de un poeta que nunca escribió a la ligera ni ajeno al tema que le ocupaba, sino de un cronista conocedor de datos demográficos de diversas naciones, personajes políticos, coyuntura económica, como el detallado déficit de Cuba que expone en el texto “La insurrección en Cuba”.
Tan de su tiempo y tan actual, Darío publicó el 9 de marzo de 1902, siempre en La Nación, “La cuestión de los canales”, un texto que 111 años después aún se lee con interés porque expone las principales razones que evitaron la construcción del promocionado canal por Nicaragua, que hoy día sigue siendo El Dorado que se cree dinamizará la economía nacional.

Ni qué decir del repudio a la guerra y de su marcado antiintervencionismo cuyo blanco primordial fue la figura de Roosevelt y las políticas invasivas de los Estados Unidos.

En fin, son las crónicas de Darío, sobre todo aquellas referidas a América, las que justifican que Jorge Eduardo Arellano afirme que no fue “ni torremarfilista ni esteta político, sino un pensador progresista, cantor de nuestra América, acosado por los problemas del planeta”.

Félix Rubén García Sarmiento

Rubén Darío, seudónimo del verdadero nombre de Félix Rubén García Sarmiento, nació en Nicaragua el 18 de enero de 1867.

Influenciado por Victor Hugo y otros románticos franceses, Rubén Darío construiría una poesía novedosa en lengua castellana, que le valdría para ser considerado el padre del movimiento modernista a este lado del océano. 

Con Rubén Darío, la poesía se liberó de las retóricas continuidades que imperaban en el siglo XIX para desnudarse al completo de la mano de un poeta revelador, que suele identificarse con una imagen nacionalista construida en base a algunos de sus poemas como la Salutación del optimista o la Marcha triunfal. Rubén Darío no se olvidó en su obra de la temática social, a veces por encargo y otras por deseo propio, con obras en las que ensalzó a héroes nacionales o criticó los males de su época, tales como su Canto a la Argentina o A Roosevelt, donde manifesta su esperanza en la resistencia al imperialismo anglosajón, un sentimiento que también comparte el poema Los cisnes. Pero la poesía de Rubén Darío era mucho más que eso. Rica en matices y símbolos, y con el erotismo y el exotismo como principales vectores, la profundidad de su obra desvela un torrente de sentimientos personales, que se oscurecieron por momentos a causa de sus excesos con el alcohol.

Los jóvenes de la época comenzaron pronto a admirar la capacidad de Rubén Darío para transformar el lenguaje poético y su dominio de las estrofas y de ciertos versos, como el alejandrino. Pablo Neruda o Miguel Hernández, por entonces todavía encarando los primeros años de juventud, crecieron con el nicaragüense como referente del modernismo hispánico y en su ritmo se apoyaron para escribir sus primeros poemas.

La obra de Rubén Darío tendría una influencia capital también en la península, donde se convirtió, durante su segunda visita a España, en el inspirador del grupo modernista de donde saldrían los grandes nombres de la generación del 98, como Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado o su buen amigo Ramón María del Valle-Inclán, hasta el punto de que éste haría aparecer a Darío en su obra más célebre, Luces de Bohemia, junto a Max Estrella y el marqués de Bradomín. La respuesta de Rubén Darío no se hizo esperar. El nicaragüense se apresuró a dedicarle un poema a Valle-Inclán que le definía a como «este gran don Ramón de las barbas de chivo,/ cuya risa es la flor de su figura,/ parece un viejo dios altanero y esquivo / que se animase en la frialdad de su escultura».

Entre las obras más recordadas y populares de Rubén Darío se encuentra el poema Canción de otoño en Primavera, que comienza con cuatro evocadores versos: «Juventud, divino tesoro, / ¡ya te vas para no volver! / Cuando quiero llorar, no lloro... / y a veces lloro sin querer...»

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JOSE MARTI:

"A servir modestamente a los hombres me preparo; a andar, con el libro al hombro, por los caminos de la vida nueva; a auxiliar, como soldado humilde, todo brioso y honrado propósito: y a morir de la mano de la libertad, pobre y fieramente."
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