El cantor de las musas, el cisne de los versos y el testigo
omnisciente del coloquio de los centauros, Rubén Darío, padre del
movimiento literario modernista, está siendo celebrado una vez más con
jornadas en su nombre para conmemorar el 146 aniversario de su
nacimiento, en Metapa, hoy Ciudad Darío, el 18 de enero de 1867.
Conocido como poeta
que buscó perfección de la forma, musicalidad
verbal y goce estético, ha sido blanco de críticas por considerarlo
hacedor de “una poesía de evasión repudiable”, como decía Marinelli; sin
embargo, las dos terceras partes de su obra, constituidas por crónicas
periodísticas, no muestran a un poeta que levitaba, sino a un hombre
lejos del absentismo y conocedor de la realidad del mundo en sus
diversas latitudes.
Aunque muchos de sus cuentos dan fe de un escritor que interpreta la
realidad y denuncia los grandes males sociales, son sus crónicas las que
muestran a un Darío que no se encerró en el peso del existencialismo
sino que vivió el dolor de la humanidad, señaló las injusticias y se
alzó contra la guerra y el anarquismo.
Su romance con las publicaciones periódicas llegó desde temprana
edad, sin embargo, su esplendor vino luego de ser nombrado corresponsal
del diario argentino La Nación, en España.
“La Nación era el más grande periódico de Sudamérica, pertenecía a
los Mitres, miembros de la oligarquía progresista. Argentina era una
potencia económica que Darío concebía como una cosmópolis que podría
enfrentar a Estados Unidos. “Ahí él encontró la oportunidad de obtener
ingresos que le permitieran el sustento”, señaló el doctor Jorge Eduardo
Arellano.
Darío cruzó 12 veces el Atlántico, por lo que Arellano señala que sus
crónicas son transatlánticas con temática mayoritariamente europea, y
lo sitúa como testigo e intérprete lúcido de su tiempo.
Al ser nombrado corresponsal del diario, Darío pasó a ser para
América lo que los cronistas de Indias fueron para Europa: en un mundo
sin aviones, sin Internet ni telefonía celular aceptó el reto de
convertirse en los ojos de los latinoamericanos que hurgaron en las
entrañas de una España recién derrotada, despojada de sus últimas
colonias, vista por él como “amputada, valiente y vencida”.
También fue el retratista con su pluma de un París que era su anhelo
como Ciudad Luz, como la cumbre de aquella Exposición de arte de fin de
siglo que aunque lo deslumbró no pudo evitar que dibujara también las
escenas parisinas de vicios, de miseria, “el hoyo oscuro de donde salen
tanto clamor y olor de muerte”.
Cronista de América para América
Pese a ser el cronista de Europa para América y de que haya recogido
esas piezas periodísticas impregnadas de alto valor literario en “las
grandes sábanas que eran las páginas de La Nación y que eran esperadas
por un público selecto que anhelaba conocer de buena mano y de exquisita
pluma los pormenores europeos”, según señaló Arellano, Darío demostró
ser un cronista también comprometido con la realidad latinoamericana,
más aún centroamericana y nicaragüense.
“A pesar de su cosmopolitismo, este cronista abordó todos los temas
que estaban latentes en los ámbitos políticos, económicos y sociales,
advirtiéndose el discurso latinoamericanista y el rechazo a todo
imperio”, prosiguió.
Para Arellano, las de Darío fueron crónicas “de ideas, de literatura,
de pensamiento” dentro de las que su oposición a la anarquía tuvo un
lugar preponderante, sin olvidar el tema político; además, también
presentó a América su propia realidad.
En el volumen La República de Panamá y otras crónicas desconocidas,
compiladas por Arellano, nos encontramos al Darío hispanista, conocedor
hasta la saciedad del “pulso dramático” de sus tierras y muestra a los
lectores de La Nación, cómo no solo las princesas y emperatrices de la
China cabían en su obra, pues políticos y presidentes de diversos países
latinoamericanos fueron objeto de su pluma.
Idealista de la Unión Centroamericana, abogaba
“por hacer de aquellas
cinco naciones diminutas y desconocidas, una sola, que sería vista con
menos indiferencia que ahora por el mundo entero”; sin embargo, no se
quedaba en el ideal sino que exponía los factores que imposibilitaban
alcanzar esta meta y con propiedad daba cuenta de todo el proceso que se
había suscitado en pro de la unión.
Cada crónica es la materialización de investigaciones históricas,
sociológicas, demográficas y políticas de un poeta que nunca escribió a
la ligera ni ajeno al tema que le ocupaba, sino de un cronista conocedor
de datos demográficos de diversas naciones, personajes políticos,
coyuntura económica, como el detallado déficit de Cuba que expone en el
texto “La insurrección en Cuba”.
Tan de su tiempo y tan actual, Darío publicó el 9 de marzo de 1902,
siempre en La Nación, “La cuestión de los canales”, un texto que 111
años después aún se lee con interés porque expone las principales
razones que evitaron la construcción del promocionado canal por
Nicaragua, que hoy día sigue siendo El Dorado que se cree dinamizará la
economía nacional.
Ni qué decir del repudio a la guerra y de su marcado
antiintervencionismo cuyo blanco primordial fue la figura de Roosevelt y
las políticas invasivas de los Estados Unidos.
En fin, son las crónicas de Darío, sobre todo aquellas referidas a
América, las que justifican que Jorge Eduardo Arellano afirme que no fue
“ni torremarfilista ni esteta político, sino un pensador progresista,
cantor de nuestra América, acosado por los problemas del planeta”.